Aprender a leer: prevención de la dislexia
Aprender a leer: prevención de la dislexia Voy a continuar con el tema de aprender a leer; cómo se realiza este proceso.
El sistema educativo actual contempla que hacia los 6 años, la mayoría de los niños han logrado este aprendizaje con éxito iniciándose a la etapa de Primaria con probabilidad de tener un adecuado rendimiento académico.
Sin embargo, hay un porcentaje de alumnos en los que este proceso parece “estancado” o por lo menos se realiza de forma lenta y costosa, y por tanto, empiezan a retrasarse respecto a su grupo y a no poder cumplir los objetivos de su curso. Algunos de estos alumnos, simplemente madurarán más tarde y es cuestión de tiempo, pudiendo hablar de un retraso de aprendizaje de la lectoescritura. Pero otros alumnos, avanzan con excesiva lentitud y a los 8 años, aún no han logrado una adecuada eficacia lectora respecto a exactitud (cambian palabras, invierten letras o sílabas, omiten letras…) y velocidad (lectura silábica, con bloqueos y poco fluida).
Este último grupo de alumnos son los llamados “disléxicos” porque presentan un trastorno de la lectoescritura y no han conseguido una eficacia lectora correspondiente a su edad, curso y potencial intelectual. De qué es la dislexia, hablaremos más adelante.
Hoy nos centraremos en qué signos precoces de futura “dislexia” podemos detectar desde el periodo preescolar, alrededor de los cinco a seis años. A esas edades los signos más destacados son: El niño hace algunas inversiones al hablar (habitualmente o en algunas palabras). Por ejemplo el niño dice “lapa” en lugar de “pala”, “saca” en lugar de “casa”, “petola” en lugar de “pelota”. Le cuesta ubicarse en el espacio. Los padres le indican que deje un objeto en un lugar determinado y no lo encuentra o que vaya a buscar algo a una habitación y se pierde por el pasillo. Ordena las cosas al revés, de derecha a izquierda (también puede ser un signo precoz de lateralidad zurda) en el papel al escribir, dibujar figuras, poner su nombre.. o incluso sus juguetes. Tiene problemas importantes de movimiento: es torpe con su cuerpo, tropieza fácilmente, parece que no ve las cosas, se golpea contra los marcos de las puertas, tira los objetos con el codo sin darse cuenta o cuando lanza la mano para coger algún objeto, tira las cosas. A los cuatro años, escribe su nombre al revés, empezando por la derecha y le cuesta corregir esta tendencia.
A los cinco años hace abundantes inversiones al escribir los primeros números o letras, los escribe al revés y le cuesta corregirlo. Chuta un balón con las dos piernas con la misma “eficacia”, utiliza las dos manos para todo, pinta con una mano, escribe con la otra, empieza a dibujar con una mano, cambia el lápiz y sigue con la otra; lo mismo hace al comer, etc. Llega a los cinco o seis años sin definir una dominancia lateral. Cuando dibuja lo hace de abajo a arriba, empieza por el lado derecho del papel y va dibujando hacia el izquierdo. Le cuesta ponerse un pantalón o confunde prendas de vestir muy diferenciadas. A menudo se coloca los zapatos al revés.
A los seis años confunde la derecha y la izquierda. En todos estos casos, hay que actuar pronto, antes de que avancen los cursos y entre de lleno en el aprendizaje de la lectura (6 o 7 años) porque sólo podemos hablar de prevención si actuamos durante la etapa preescolar.
Los educadores y padres que observen este tipo de signos en sus alumnos deben dirigirlos, cuanto antes, a un especialista que les ayude a diagnosticar la causa de estos trastornos y aplicar el tratamiento adecuado. Generalmente el problema puede resolverse aplicando un programa de tratamiento individual causal (habilidades visuales, perceptivas, de discriminación auditiva, desarrollo psicomotor, organización espacial, lateralidad…) que suelen consistir en un conjunto de ejercicios organizados por etapas, que se aplican en el gabinete de reeducación y, en algunos casos, en casa o en la escuela.
Son programas sencillos pero muy eficaces cuando se aplican fielmente y con regularidad. Todos estos signos, detectados y tratados a tiempo, pueden evitar posteriores fracasos en el aprendizaje lectoescritor y, por tanto, la falta de motivación para el aprendizaje y la ansiedad ante lo escolar que aparece en muchos niños que presentan estas dificultades
Niños Hiperactivos. Mama ¡No puedo dejar de moverme!
La semana pasada conocí a Daniel en mi consulta. Tiene 10 años y estudia 5º de primaria. Es un niño despierto e inteligente, expresivo y comunicativo. Se mostró desde el principio abierto y hablador y como se suele decir, “hubo química “ entre nosotros.
Cuando le pregunté por qué razón sus padres lo habían traído a una valoración pedagógica, él rápidamente me contestó: “ ¡es que soy Hiperactivo!” .Yo contesté :¿Y qué crees tú que significa esa palabra?. Daniel no lo dudó: “pues que es casi un milagro que te estés quieto y no te muevas de la silla; que estés callado sin hablar con los compañeros; que dejes de jugar con la goma hasta que se rompe… y que no te castiguen en el cole aunque no sepas muy bien por qué. Bueno, otras veces, me meto en líos sin querer”.
Daniel definió su conducta y “problema” con claridad así como los sentimientos (desconcierto, inseguridad, infravaloración, rabia… ) que le causa su actual situación escolar y que le crea además un desajuste personal y social.
La valoración psicopedagógica confirmó el Diagnóstico: Daniel es efectivamente un niño con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad). No es un niño necesariamente malo, maleducado, desmotivado ni vago. Tampoco sus padres tienen la culpa porque lo educan mal o no le ponen límites. Todo lo contrario, sus padres están volcados en él y “agotados” física y psicológicamente porque deben ayudar a Daniel a hacer sus deberes, controlar su agenda, reponer cuadernos y lápices que pierde a menudo, contestar a las notas del profesor (que son más bien un conjunto de quejas) y miles de tareas más.
Todos hemos oído y utilizado el término “Hiperactivo” de forma coloquial, refiriéndonos a aquellos niños excesivamente movidos, traviesos o con problemas de conducta. Los profesionales que trabajamos dentro del campo de la Psicología infantil, nos referimos con este término a un cuadro con un conjunto de síntomas de base neurológica que poco tiene que ver con el niño travieso o malcriado.
De hecho, hablamos de TDAH . Se estima que un 5% de los niños menores de 10 años padecen Déficit de atención y es probable que los profesores tengan de uno a tres niños hiperactivos o “disatentos” en el aula. Este trastorno es más común en niños que en niñas.
Los síntomas principales son:
Déficit de atención.
Impulsividad e Hiperactividad Motriz.
El diagnóstico de TDAH no es necesariamente negativo a nivel de pronóstico, pero hemos de tener en cuenta que la falta de atención, la impulsividad y la inquietud motriz son características incompatibles con un buen rendimiento escolar y un adecuado comportamiento en el contexto escolar. Y teniendo en cuenta que el rendimiento escolar es la primera prueba de autoestima y valía personal que experimenta un niño, las características de esta sintomatología van teniendo repercusión en el desarrollo de su personalidad.
Y suele suceder, que a medida que avanzan los años y la exigencia escolar, los niños no detectados ni tratados adecuadamente no solo acentúan su sintomatología, sino que además presentan Inadaptación escolar, autoimagen negativa y un Autoconcepto erróneo de sí mismos (se hipervaloran o se infravaloran) además de otros problemas emocionales como ansiedad o depresión.
Por lo tanto, la detección precoz y el tratamiento adecuado es de vital importancia en estos niños. La detección requiere una Valoración Pedagógica no solo de los síntomas que el niño presenta sino también del potencial intelectual y otros aspectos cognitivos y emocionales (reacción a la frustración, síntomas de ansiedad o tristeza…), comportamentales y sociales (habilidades sociales, integración en el aula, grupo de amigos…).
El especialista médico (neuropediatra) es el que nos confirmará este diagnóstico y el que considerará el Abordaje farmacológico.
Todo tratamiento ha de ser integral y enfocado a todas las áreas del niño: escolar (mejora del rendimiento escolar y reeducación de sus dificultades de aprendizaje), personal y afectivo (mejora de la autoestima), social (desarrollo de habilidades Sociales), conductual (aplicación de programas en casa y en el colegio para conseguir conductas adecuadas y extinguir o suprimir las inadecuadas) y familiar (apoyo emocional, comprensión del problema y ambiente estructurado con normas claras y sistemáticas adecuadas a la exigencia del niño).
Por supuesto, la comprensión del problema por parte de padres y profesores y la coordinación entre ambos es vital para el desarrollo del niño y su ajuste académico y personal. Muchas veces, el primer obstáculo que estos niños encuentran, es un sistema educativo poco preparado para atender sus necesidades educativas, sociales y emocionales.
Pero no quiero acabar este artículo con un sabor “agridulce”. Estos niños activos, nerviosos, despistados, lentos, absortos en su mundo, desorganizados… tienen cualidades estupendas. Destaca su sensibilidad, nobleza, afectividad, son cariñosos, imaginativos, creativos, simpáticos, luchadores… y tienen dones y habilidades especiales aunque no son las valoradas por el sistema educativo.
Los podríamos comparar con los integrantes de una orquesta en el que cada uno toca un instrumento con gran habilidad pero parece imposible que toquen juntos a la vez, coordinados, siguiendo un mismo ritmo o melodía, respetando el turno. Y es difícil de conseguir una actuación perfecta…. Tan solo necesitan un Director que vea su potencial y les enseñe de forma diferente, respetando su particularidad…. para lograr un sonido maravillosamente diferente en una actuación “perfecta”.
TDAH. Abordaje multidisciplinar.
El TDAH es un tema de relevante actualidad en el área social, médica, educativa…. e incluso polémico ya que numerosos “expertos” en estas áreas tienen opiniones contradictorias o diferentes( Tdah real VS TDAH inventado; Medicación SI vs Medicación NO….). Muchos de nosotros alguna vez hemos leído en qué consiste y cuáles son las características principales de la conducta de los niños con TDAH: falta de atención, Exceso de actividad motora (“hiperactividad”) e Impulsividad.
El TDAH es diagnosticado desde un punto de vista clínico según los criterios del DSM-IV TR (Sociedad Americana de Psiquiatra) o el CIE 10 en el que se especifican los ítems o criterios que han de cumplirse para llegar a dicho diagnóstico (al menos 6 de Inatención y 3 de Hiperactividad e Impulsividad), y según la presencia de estos patrones conductuales y atencionales, se establece que un individuo tiene TDAH de un determinado subtipo (con predominio de falta de atención, Combinado o fundamentalmente de tipo Hiperactivo-Impulsivo).
Este “modus operandi” es desde luego correcto pues es evidente que éstos son los síntomas de este Trastorno, pero la realidad de los niños y adolescentes con TDAH es más compleja que esta “apariencia”. En ocasiones, presentan problemas para aprender, para relacionarse, para controlar los impulsos, para regular sus emociones… que tienen un impacto más o menos significativo en su vida escolar, social y/o familiar.
Todos los expertos y estudios hablan a menudo de la comorbilidad del TDAH, es decir, el conjunto de dificultades diversas que lo acompañan: problemas de aprendizaje(dislexia, baja comprensión lectora, disgrafía y ortografía deficiente, bajo razonamiento matemático, dificultad para aprender un idioma…), Déficit de Funciones Ejecutivas Cognitivas (planificar, secuenciar, analizar, inferir, no cometer errores..), déficit de Habilidades Sociales y dificultades en el ámbito afectivo emocional (ansiedad y baja Autoestima).
Por ello, el TDAH no es únicamente un trastorno Neurobiológico con un cuadro clínico concreto, sino que además puede producir un desajuste en las diversas áreas del desarrollo del niño o adolescente que es TDAH. Y no siempre el abordaje farmacológico es la única solución o medida que ha de llevarse a cabo para mejorar la “calidad de vida” de éstos. Las personas somos seres globales al igual que nuestra inteligencia, que no solo abarca aspectos cognitivos, sino que también existe una Inteligencia Social y Emocional.
Por esta razón, el diagnóstico y tratamiento del TDAH debe ser global y multidisciplinar. En lo relativo al Diagnóstico, además de la parte clínica, debe realizarse una Valoración Picopedagógica para valorar las dificultades escolares asociadas y también para lograr un Diagnóstico Diferencial, es decir, averiguar si la sintomatología que observamos corresponde realmente con un TDAH o estamos ante otro posible “problema” (Trastorno de aprendizaje, Trastorno de lenguaje, ansiedad…) que comparte síntomas propios del TDAH.
Sin un Diagnóstico Psicopedagógico corremos el riesgo de “sobrediagnosticar” . Por otra parte, si realmente nos encontramos un “verdadero” TDAH, la información aportada por la Valoración Psicopedagógica nos orienta claramente hacia un Tratamiento global que abarca el aspecto farmacológico, Pedagógico o reeducativo, Cognitivo-Conductual, etc y nos aporta también un Pronóstico de evolución.
Es evidente que el TDAH afecta a la globalidad del sujeto. Abordemos por tanto su Diagnóstico y Tratamiento de un modo global que necesariamente implica la acción conjunta de los diversos profesionales (Neuropediatras, Psiquiatras, Psicopedagogos, Neuropsicólogos….).
Este abordaje global implica también la formación y Asesoramiento a Padres y Profesores. Ambos deben entender y conocer qué es el TDAH, cómo abordar las dificultades diversas de sus hijos y sus alumnos para lograr su avance en los aspectos académico, personal y social.
No existe el TDAH; existen niños y adolescentes con TDAH. Cada uno de ellos es único y diferente. Piensa, actúa y siente de una manera.
Cómo resolver problemas cotidianos de conducta. Aprende a no malgastar tus “energías”.(IV)
(Este es el cuarto blog de una serie de cuatro). Los anteriores han sido: el primero lo llamé “Normas y límites”(26 de diciembre), el segundo Premios y Castigos (II) (27 de diciembre), y el tercero “Alternativas al castigo”(28 de diciembre)
Hola, aquí estoy de nuevo para seguir hablando de aspectos referentes a la intervención sobre los problemas de conducta de los niños ( y adolescentes). He hablado anteriormente de la “mala conducta”, su por qué y las técnicas conductuales más adecuadas (premios, castigos, tiempo fuera…) y de la importancia de una disciplina sistemática y constante basada en la aplicación de normas y límites pero con compatibilidad afectiva y comunicativa en la relación padres-hijos.
En definitiva, disfrutar de nuestros hijos y ver su lado positivo. Pero los hijos crecen, se hacen mayores y aprenden (afortunadamente) a decidir por sí mismos y a reivindicar su espacio personal (físico y emocional) y a generar sus propias opiniones sobre ciertos temas, valores y normas. Esto ocurre a partir de los 10-11 años en una etapa evolutiva en la que “lo bueno y lo malo” ya no es únicamente lo que dicen los padres sino que al desarrollarse la empatía (capacidad de ponerse en el lugar del otro), lo bueno y lo malo no es sólo aquello que es premiado o castigado y que depende de las consecuencias, sino que además ha de tenerse en cuenta la intención de un acto. Y por ello, comienza la etapa de las “reivindicaciones”, chantajes, negociaciones, quejas…. que se prolonga hasta la adolescencia y que debemos considerar como la forma de un “niño” de ganar seguridad en sí mismo y lograr su autonomía personal e independencia de los padres.
Pero para nosotros, los padres, empieza otra “lucha”, otra batalla, en la que en vez de “defendernos” con castigos y alabanzas, hemos de defendernos con grandes y elocuentes discursos verbales, en la lucha por que nuestros hijos entiendan nuestras necesidades y a la vez entendamos nosotros sus necesidades y demandas (unas veces muy razonables y otras imposibles de entender).
Así que creo que llegado este momento, es muy importante una revisión general para aprender a categorizar y clarificar las conductas para gastar las “energías” sólo cuando sea necesario. ¿Qué significa esto? Pues que no podemos calificar todas las conductas de la misma forma ni concederles la misma importancia en todas las situaciones ni momentos evolutivos. A efectos didácticos, existen tres categorías y voy a denominar CESTO a cada una de ella (Estas categorías valen para todas las edades):
CESTO A: CONDUCTAS INTOLERABLES.
CESTO B: CONDUCTAS NEGOCIABLES.
CESTO C: CONDUCTAS QUE ES POSIBLE IGNORAR O NO TENER EN CUENTA.
CONDUCTAS DEL CESTO A.
· Riesgo real de hacerse daño (cruzar solo la carretera).
· Agresión física o verbal a otro (hermano, amigo, padre, cuidadora, maestro).
· Romper o estropear cosas de forma intencionada.
· Transgredir una norma ya establecida y fijada.
Estas conductas se sonsideran inaceptables. En esta situación, no se discute, no se argumenta, no se grita. Simplemente se reprime la conducta y el adulto impone su autoridad de forma inmediata y específica a la conducta concreta mediante castigo o tiempo Fuera (“vete a tu cuarto porque has pegado…”).
CONDUCTAS DEL CESTO B
- Conductas sin riesgo propio o ajeno pero que generan problemas importantes en la dinámica familiar. Aquí me refiero a las negociaciones, reclamación de privilegios… o situaciones en la que los niños no pueden regular sus emociones, su impulsividad y su autocontrol (aspectos básicos de la inteligencia Emocional).
Ejemplos: solicitar acostarse más tarde por ser el mayor; no compartir juguetes o ropa; negarse a hacer una actividad propuesta por los padres o a dar besos a los invitados o abuelos; pedir las cosas llorando; portazos o gritos ante una negación de los padres; interrumpir mientras hablamos por teléfono, etc.
SOLUCIÓN: Intentamos resolver el problema de forma conjunta e invitamos al niño a encontrar una solución aceptable para él y para el adulto que sea realista.
Hablamos de negociación; no de no poner límites o ceder al chantaje (el adulto cumple una demanda excesiva del niño sin que éste dé nada a cambio). Se trata de que nuestro hijo aprenda que estamos haciendo algo con él, más que a él y enseñarle a tolerar las frustración y el autocontrol. Procedimiento:
1. Empatía: “Creo que estás muy enfadado y explícame qué te pasa” .
2. Definir el problema: “ No quieres venir al cumpleaños de tu prima porque todos son muy pequeños y piensas que te vas a aburrir y que va a ser un rollo”.
3. Invitación a una solución: “Acompañamos a tus hermanos al cumple porque están muy ilusionados, estás un ratito y luego nos vamos tú y yo a comprar cromos de fútbol para tu álbum o a un plan de mayores”.
CONDUCTAS DEL CESTO C.
Conductas “inadecuadas” que no generan riesgos por sí mismas y no generan problemas importantes en la dinámica familiar.
Ejemplos: andar descalzos por casa, decir “palabrotas”, comer solo con los dedos, bajar al parque vestida de flamenca, guerra de cojines entre hermanos, saltar charcos…
Estas conductas son muy frecuentes y la causa más común de discusiones domésticas y de desacuerdo entre la pareja ya que la creencia popular es que si los padres no intervienen pierden su autoridad y el niño se hará un maleducado. Pero reprimir estas conductas desencadenan situaciones estresantes para la familia sin que enseñemos nada “fundamental” a nuestros hijos. Aquí es mejor que los dejemos aprender de la experiencia.
Lo adecuado es no prohibir (el niño no se salta reglas básicas importantes), pero sí aconsejar y hacer ver que esa conducta no es adecuada. Es una buena estrategia introducir el sentido del humor: “una niña tan bonita como tú no debe comer con los dedos. Van a pensar que eres un oso.. O en esta familia somos todos muy listos, cada uno para una cosa, así que tu hermano no puede ser tonto…”
En definitiva, cada periodo evolutivo es diferente y las necesidades del hijo adolescente o el de 11 años, no son las mismas que las de su hermano pequeño. Entiende el momento presente de tu hijo, disfrútalo… y piensa qué es importante que aprenda en ese momento, con tu ayuda y por él mismo. Tu te vas a equivocar y él también, pero ese no es el problema. Alaba, premia, fija límites claros, ESCUCHA y Emplea tus energías y tu fuerza interior en lo que es realmente importante.
Alternativas al castigo (III)
(Este es el tercer blog de una serie de cuatro). Los anteriores han sido, el primero lo llamé “Normas y límites”(26 de diciembre), el segundo Premios y Castigos (II) (27 de diciembre).
¡Hola hadas! ¿Cómo vais? Vuelvo de nuevo a la carga con el último recetario de Soluciones para problemas inmediatos: esa mezcla de ingredientes que requiere paciencia, coherencia, aceptación, comprensión, límites y una disciplina con amor (¡Qué difícil! ).Y sobre todo, como ya he ido insistiendo, tiempo y atención (Todo niño piensa que es estupendo que le hagan caso, ya que si te hacen caso, es porque te quieren).
Pero con esto, no quiero que os preocupéis por la cantidad de tiempo que pasáis con vuestros hijos. Cómo lo pasáis es lo que importa, y este es el objetivo de estos recetarios: aprender a distinguir lo importante de lo insignificante; lo que tiene sentido de lo que no lo tiene y evitar el riesgo de la atención hacia las conductas negativas (muchas veces motivado por falsas culpas o remordimientos de las madres).
De hecho, es frecuente que los niños con “problemas de conducta” reciban por lo general más atención que los que se portan bien (Esto lo entenderéis mejor las que tenéis varios hijos, muy diferentes entre sí). El “peligro” es que si un niño no consigue atención por las buenas conductas, intentará conseguirlo por las malas conductas. Este error es fácil cometerlo: sólo vamos a ver al profesor cuando ha suspendido; sólo destacamos lo que ha hecho mal del examen (aunque haya sacado un siete); le reñimos porque se ha manchado la camiseta después de llevar dos horas solo jugando con las pinturas sin molestar; mandamos al adolescente a su cuarto a estudiar porque ha llegado tarde sin preguntarle qué ha pasado….. Si nos paramos a pensar, son “castigos” que ridiculizan, humillan, fomentan una baja autoestima y no consiguen el efecto deseado. He aquí más consejos sobre el castigo y cuáles son educativamente recomendables y cuáles son las alternativas a los no recomendables. Recuerda que “Cuando corrijas a tus hijos, han de sentirse mal por su comportamiento, pero bien consigo mismos”.
• Evita el castigo físico (pegar) y el social (reprimendas, ridiculizar delante de otros, insultar, mostrar a todos el error…) y utiliza el introducir una actividad desagradable (copiar una lección, limpiar lo que se ha manchado,…) o suprime una actividad agradable (anular una salida, no ver la película, acostarse antes…).
• El castigo es una señal para un niño de que el límite se ha franqueado. Impón el límite en el momento adecuado (una o dos como máximo señales de aviso).
• El castigo debe tener relación con la infracción ( “si tu hijo inunda el cuarto de baño para jugar a la Isla del Tesoro, el “pirata” lo limpiará perfectamente con la fregona”) y la consecuencia ha de ser inmediata (lo limpio hoy y ahora, no dentro de dos horas).
• Quien pone el castigo, ha de estar presente. Mucho cuidado con eso de ¡ “ Ya verás cuando venga tu padre de trabajar”!
• Si has de utilizar el castigo con demasiada frecuencia para una conducta, es posible que lo debas sustituir por un sistema de premio a la conducta contraria (Si lo castigas porque tarda mucho en vestirse por la mañana y no funciona, premia todas las mañanas con algo especial por vestirse pronto. Pónselo fácil al principio con ropa cómoda, levántalo con tiempo…).
• El castigo físico (pegar a nuestros hijos) solamente ha de utilizarse en situaciones en que corre peligro la vida del niño trasgrediendo esa norma (Ej: niño que se escapa de la mano de sus madre o cuidadora a la hora de cruzar la carretera o negarse y quitarse el cinturón de seguridad en el coche de forma frecuente). Actúa con firmeza en estas situaciones dejando claro que la falta es muy grave.
• Está demostrado que es mucho más efectivo premiar la buena conducta que castigar la mala. La aplicación sistemática de castigos sigue una progresión geométrica creciente, ya que para que siga funcionando cada vez ha de ser más intenso, y esto es “peligroso”.
• Las alternativas adecuadas son eliminar una actividad agradable (elegirla con cuidado sin perjudicar otras áreas de su desarrollo) o el TIEMPO FUERA.
• EL TIEMPO FUERA DE REFUERZO POSITIVO resulta muy útil cuando un niño se porta a menudo mal porque desea que todo el mundo esté pendiente de él. Consiste en retirar al niño a un lugar en donde no pueda recibir la atención de los adultos (ir a su habitación, a un rincón de la cocina libre de estímulos distractores y divertidos, al pasillo. No debe retirarse a un lugar que le de miedo al niño).
• El tiempo que un niño debe estar “retirado” de atención depende de su edad. Por regla general, puede valer un minuto por cada año de edad (Ej: 5 minutos para un niño de 5 años y así sucesivamente).
• Es importante no dar explicaciones al niño del por qué se aplica el “aislamiento” (él ya lo sabe). Sí es importante dejar claro que hasta que no se calme, no se dejará de “aislarle”.
• Con el uso del Tiempo Fuera, la conducta no deseada puede presentarse incluso más fuerte. No os preocupéis. Si sois persistentes, ésta tiende a desaparecer o disminuir.
• Es muy eficaz introducir después del Tiempo Fuera, la recompensa a la conducta alternativa que queremos eliminar (Ej: después de haber pegado a su hermano y haber sido aislado, darle un abrazo porque está compartiendo un juguete con él, se están riendo juntos , etc).
• No concedas numerosas oportunidades ni cedas cuando tu hijo se altera, ya que reforzarás comportamientos negativos.
En definitiva, en ocasiones los padres NO sabemos decir NO, y los niños obtienen beneficios portándose mal. Entiende que el mundo afectivo de tu hijo muchas veces es “desordenado” y muy fuerte y las emociones “se escapan” porque no saben expresarlas ni controlarlas, y una mala conducta es una llamada al cariño y una manera diferente de pedir afecto y seguridad, pero No cedas. Esta seguridad se basa en aprender un sistema de valores y normas de comportamiento e ir aprendiendo a entender que las necesidades y los deseos de los demás son tan importantes como los propios. Es el paso del Egocentrismo (no egoísmo) a la Empatía (ponerse en lugar del otro y entender sus necesidades); es aprender a CRECER, a TOLERAR LA FRUSTRACIÓN PERO SINTIENDOSE BIEN, a QUERERSE A UNO MISMO SIN OLVIDAR A LOS DEMÁS…EL COMIENZO DE UNA BUENA AUTOESTIMA, CLAVE DE LA FELICIDAD.
Premios y Castigos (II)
(Este es el segundo blog de una serie de cuatro), el anterior lo llamé “Normas y límites”(26 de diciembre)
Hola, aquí estoy de nuevo, con el deseo de seguir “cocinando” nuevas recetas para educar, para saborear con deleite y placer a nuestros hijos en el día a día.Retomo sin vacilaciones la necesidad de administrar normas y límites como guía básica en nuestro quehacer parental cotidiano y la idea de que la disciplina no es algo negativo, sino la mejor herramienta para que un niño adquiera un sistema de valores y normas de comportamiento que le hagan crecer seguro, con un rumbo fijo, con una adecuada autoestima y suficientes recursos para superar sus fallos y las “adversidades”.
La disciplina es tan importante en el proceso educativo de nuestros hijos tanto como los besos, caricias, afecto y satisfacción de sus necesidades físicas y emocionales. Incluso, la disciplina un poco estricta es mejor que ninguna.
Cambiando de tema, hoy hablaré de premios y castigos como métodos para resolver los problemas de comportamiento de los niños. Antes de nada, quiero dejar claro varias cuestiones. La primera cuestión es que toda conducta tiene un propósito o fin (aprobación, elogio, expresar un estado físico o emocional….) y sobre todo, recibir ATENCIÓN (Un niño prefiere antes un castigo o reprimenda que la indiferencia o la falta de atención).
Conducta es aquello que puede ser observado objetivamente sin interpretaciones subjetivas, de forma concreta (“ser cabezota o cariñoso no es una conducta; es una forma de ser. Responder :”no me da la gana” o dar un abrazo es una conducta).
Toda conducta o comportamiento depende de las consecuencias que le siguen. Estas consecuencias pueden ser positivas o negativas.
Las consecuencias positivas producen a largo plazo un aumento de dicha conducta; mayor probabilidad de que el niño la repita. Las consecuencias negativas tienden a disminuir o desaparecer a largo plazo dicha conducta.
Los padres podemos controlar las consecuencias de la conducta de nuestros hijos, y por ello, podemos enseñar formas de comportamiento positivas o negativas e influir en que se mantengan conductas “inapropiadas” o que éstas tiendan a desaparecer. Esto hace referencia a la frase del blog anterior “Quien sabe cómo y cuándo prestar atención a su hijo, sabe educar”.
Muchas veces, sin darnos cuenta, los padres prestamos atención y “premiamos” de algún modo las malas conductas y éstas se repiten para nuestro asombro. Veamos un ejemplo: Juan sale con mamá al super. Ve un puesto de helados y pide uno. Mamá dice que no, tiene prisa. Juan llora, se niega a andar. Mamá tira de él, le dice que no, le da un azote. Juan llora más fuerte y mamá acaba comprando el helado mientras le regaña enfadada. Tres días después, Juan quiere chuches, mamá se las niega y se repite la misma escena, pero la pataleta es mayor y dura más tiempo. Juan ha aprendido a portarse mal porque ha obtenido una recompensa.
Entonces, ¿Son eficaces los premios.? ¿Cuándo y cómo emplearlos? Muchos educadores y padres piensan que dar premios a un niño por hacer lo que es su deber (hacer los deberes, lavarse los dientes, recoger juguetes o su plato de la cena…), es una forma de malcriarlo, caer en el chantaje… pero no es así. Los adultos también necesitamos premios en el trabajo (felicitaciones del jefe por un proyecto, elogiar la puntualidad…) por ejemplo y no la mera recompensa económica al final de mes. Creo que es justo enseñar a un niño (o adolescente) que su esfuerzo es reconocido y recompensado.
Pero no es menos cierto que algunos niños chantajean a sus padres con la amenaza de no hacer ciertas cosas si no obtienen algo a cambio. ¿Cuál es el punto medio, el equilibrio entre el premio y el castigo?
El “truco” reside en ajustar el premio al esfuerzo, no dar al niño lo que necesita y lo que no (zapatillas de marca, parque de atracciones, películas o videojuegos…). El sentido común reside en la justa medida. Recompensar el esfuerzo (aunque sea un deber) y no únicamente, castigar cuando el niño no cumple con sus responsabilidades o reaccionar de forma continua con gritos o regañinas para conseguir una conducta. Es más, a veces convertimos los castigos y los gritos en la única fuente de relación con nuestros hijos, de manera que mantenemos con desesperación un mal comportamiento, nos frustramos como padres, lastimamos la autoestima de nuestros hijos y nos metemos en una espiral sin salida.
- El castigo sirve y debe utilizarse para:• Conductas negativas y poco frecuentes (pegar, agresiones verbales, hacer novillos…).• Por incumplir una buena conducta ya lograda o establecida que ya no requiere esfuerzo mantener.Además, tened en cuenta que es necesario:• Premiar conductas que requieren esfuerzo. ¡Atención! Premio adaptado al esfuerzo. Cuanto más pequeño es el niño, más inmediato debe ser el premio.
• Al principio, los premios se deben conseguir con poco esfuerzo para que el niño gane confianza y después, conseguir el mismo premio por hacer algo más difícil.
• Cada conducta a lograr debe tener un premio independiente.
• En la medida de lo posible, usa un refuerzo social (besos, aplausos, felicitaciones…) sobre el material. Nada es más gratificante para un niño que la autosatisfacción personal y percibirse competente y confiado en sí mismo.
• Suprime el premio material cuando una conducta ya esté lograda y quieras instaurar una nueva.
Recuerda que los límites educativos han de ser firmes, estables en el tiempo (lo que vale hoy, vale mañana) e independientes de contexto (cumplo esta norma en casa, en el cole y en el parque). Y cree siempre que SABES Y PUEDES EDUCAR BIEN Y QUE TUS HIJOS PUEDEN LOGRAR LO QUE TE PROPONGAS.
Normas, límites. Aprender a decir “no”
¿HAY RECETAS PARA EDUCAR?
(Este sería el primer blog de una serie de cuatro)
Al igual que los padres perfectos no existen, los hijos “ideales” tampoco. Al hablar de problemas de conducta, podemos decir que todos los niños se “portan mal” en algún momento mostrándose caprichosos, negativistas, desafiantes…hacia los padres u otras figuras de autoridad.
Ante estas situaciones, los padres podemos sentirnos culpables, insatisfechos y desanimados en nuestra labor educativa y llegado un momento no saber qué hacer y podemos caer en la permisividad, la hostilidad, el uso continuo de gritos y amenazas, castigos, premios…. sin conseguir ningún resultado positivo con estos recursos. Por supuesto que podemos recurrir a maravillosos libros y manuales que siempre están en la mesilla de noche basados en la célebre “Modificación de conducta” que abordan este tipo de enfoque con claridad y práctica directa a un final feliz que no logramos conseguir. ¿Por qué no?, ¿Existen por tanto recetas para educar? Y si existen ¿Cuáles son los ingredientes para una familia feliz?
Sin embargo, (creo yo) para Educar bien no existen recetas. Se aprende de experiencias concretas y luego se generaliza, al igual que educar y enseñar a vivir a nuestros hijos no es proporcionarles experiencias buenas y aislarles de las malas. Es ayudarles a aprender de ellas y enseñarles a adaptarse a todas las situaciones, buenas y malas.
Por supuesto que existen técnicas y recursos educativos que nos pueden ayudar a resolver exitosamente problemas de conducta cotidianos e inmediatos hacia ese añorado final feliz. Pero hoy comenzaremos por los principios básicos, por el principio…. porque toda medida educativa depende del contexto, del niño y de lo que queremos conseguir. “Castigar” a un niño puede ser absolutamente contraproducente en un determinado momento y perfectamente adecuado en otro. Lo difícil es desarrollar ese “sexto sentido” que nos ayude a acertar en el momento oportuno.
Esta cita no es mía, pero me ha acompañado muchos años como madre y profesional porque resume la esencia de cómo educar: “Educar a un niño es como sostener en la mano una pastilla de jabón. Si aprietas mucho sale disparada. Si la sujetas con indecisión, se te escurre entre los dedos. Una presión firme pero suave la mantiene sujeta” (Os dejo pensar que la frasecita tiene tela y que en vez de ayudar, os lío más).
A veces es necesario pararse a pensar en cómo educamos y por qué educamos así. En el día a día, vamos tan deprisa, sin crear tiempos y espacios de reflexión personal y trasladamos nuestros sentimientos (cansancio, culpabilidad..) y nuestros pensamientos (¿Soy una buena madre?) a las acciones educativas que llevamos a cabo con nuestros hijos.
Tened claro que siempre hay una conexión entre sentimiento (soy una estupenda madre), pensamiento (puedo hacer las cosas bien) y acción (Educo a mis hijos con disciplina y normas porque es positivo para ellos).
Ahí va esa lista de principios (ya hemos ido diciendo muchos más):
- Nuestras decisiones están influidas por cómo hemos sido educados. Ser conscientes de ello ayuda a educar mejor.
- Tus hijos no nacen con tus carencias ni necesidades. No se las crees.
- Los padres son los educadores. El colegio sólo complementa.
- Educa en el presente, pero con perspectiva de futuro.
- Educando, vamos a COMETER ERRORES, pero no hay error que no se enmiende.
- NADA ES LO MISMO para un hijo que otro. No busques las mismas condiciones para todos. Educar bien es dar a cada hijo lo que necesita; no es algo injusto; es respetar su derecho a su individualidad.
- Tu hijo es una “antena parabólica constante”. Se entera de todo, lo imita todo. Aprende más de lo que ve que de lo que decimos.
- Los niños necesitan una LIBERTAD CONDUCIDA.
- Los niños NECESITAN NORMAS Y LIMITES. La DISCIPLINA no es algo negativo. Es algo que nuestros hijos esperan que apliquemos naturalmente y de acuerdo a nuestra jerarquía de padres.
- Si nosotros no ponemos límites a la conducta de nuestros hijos, lo harán ellos. Crearemos hijos TIRANOS, INSEGUROS O INMADUROS incapaces de enfrentarse a la frustración.
- Debemos explicarles las cosas (casi siempre) y de forma breve pero los niños necesitan OIR: “PORQUE LO DIGO YO”.
- El mayor deseo de todo niño es que mamá y papá estén pendientes de él. La atención que les prestamos es nuestra mejor arma. QUIÉN SABE CóMO Y CUÁNDO PRESTAR ATENCIÓN A SU HIJO SABE EDUCAR.
Como padres, en nuestra actuación, debemos dar a nuestros hijos el siguiente MENSAJE:
- SÉ QUE PUEDES CONSEGUIRLO.
- POR ESO TE ENSEÑO Y TE EXIJO.
- Y CÓMO SE QUE TE CUESTA ESFUERZO, TE LO RECONOZCO.
- HAGO ESTO PORQUE TE QUIERO.
Adolescente. ¡Socorro mi hijo ha cambiado!

De repente, un día nos damos cuenta de que esa “personita” que hemos criado desde la infancia, se ha vuelto un adolescente. Echas de menos aquellos tiempos felices con tu hijo de gran unión afectiva, en la que lo sentías “algo tuyo” y ahora, lo sientes más lejano y distinto.
Pero la adolescencia no es una etapa necesariamente terrible o turbulenta, sino un nuevo viaje, a un nuevo país, diferente, pero lleno de posibilidades y lugares por descubrir. En el camino encontraremos posibles fallos y averías, e incluso podremos perdernos en algún momento pero no tiene por que ser necesariamente malo.
Recuerda tu propia adolescencia. ¿Fue terrible, tortuosa… o simplemente diferente porque a veces estabas enfadada con el mundo, te sentías incomprendida, un bicho raro y más de un disgustillo diste a tus padres? Al final, las aguas volvían a su cauce.
El proceso de tu hijo-a puede ser similar por tanto. Pero por influencia social, esperamos y pensamos que la Adolescencia es algo terrible y un mal a aceptar, que irremediablemente, desajustará nuestra vida familiar y personal.
Si pensamos así, nos condicionamos a sentirnos perdidos y actuaremos en consecuencia programados a saltar de conflicto en conflicto, de pelea a pelea porque es lo que toca. Y …¡Gran error! Porque aumentaremos las posibilidades de un viaje espantoso, duro y difícil.
Así que si tienes un Adolescente en casa (¡Socorro!) , aquí van algunas reflexiones para que en tu “viaje espacial” sepas más o menos a qué botones hay que apretar para que la nave espacial (tu hijo) atraviese el espacio sideral sin llegar a un cataclismo:
- Mantén un adecuado equilibrio entre afecto y control. El AD necesita ser guiado por un sistema de normas claras y consecuentes, pero a veces los padres pasamos de estar todo el día achuchando, mimando, diciendo a nuestros hijos que los queremos…. a nada de ésto cuando de repente se han hecho “mayores”. Y un AD necesita además de advertencias o reprimendas, mensajes positivos, alabanzas y achuchones. Un abrazo, un elogio todavía vale en esta etapa para arreglar una situación más que mil palabras.
Las sorpresas agradables estrechan relaciones especialmente si la única razón es “porque te quiero”. Da de vez en cuando una sorpresa a tu hijo adolescente.
Evita frases constantes como “Tú nunca ayudas; tú siempre haces el vago….” para expresar tu enfado o desacuerdo, y cámbialas por “no es justo y me duele que no ayudes en casa; estoy disgustada por tus malas notas y tu falta de trabajo”.
Cuando tengas que afrontar una conversación importante, emplea un tono de voz firme y sereno (“tenemos que hablar”) y se coherente entre tu lenguaje verbal y no verbal transmitiendo tu autoridad como algo natural.
A veces, los mensajes escritos pueden ser mejores y más oportunos para pedir que cumplan una norma o deseo (Ejmplo: dejar encima de la cama o en su corcho un letrero que diga: te agradecería que ordenaras tu cuarto) o para agradecer una norma que ha sido cumplida (Tu cuarto ordenado está estupendo. Gracias, te quiero).
Sorprende a tu hijo haciendo las cosas bien, y no te centres siempre en desacuerdos y disputas. Con un AD es muy importante la negociación y pactar acuerdos que satisfagan a ambas partes. Decir a tu hijo: “tú cumples tu parte y yo la mía (pero no la revés). “Estudia y luego sales con tus amigos al cine” pero no “Cuando vengas de la calle, te pones a estudiar”.
Busca ratos para estar con él/ella a solas. Sal a dar una vuelta con tu hijo y conversa amigablemente. Una conversación importante puede mantenerse en el coche o yendo al super, y de paso nos tomamos un helado.
Practica la Escucha Activa. Los AD sienten las cosas de forma intensa, incluso ilógica y sin sentido. Sienten que el ahora es un para siempre, sobre todo si tienen algún problema de amigos o amoroso. Acéptalo. Evita decir “ no es para tanto; no es el fin del mundo” sino transmitir que sientes lo que les pasa y que esté triste… o simplemente “me cuesta entenderte pero me pongo en tu lugar”. Muchos conflictos entre padres e hijos comienzan por un “Tú no lo entiendes” y puede que sea verdad.
Espera de tu hijo lo mejor y no intentes hacer una copia igual a ti o superarte.
El AD vive pensando y actuando “ES MI VIDA”. Enséñale que lo que hace y dice tiene CONSECUENCIAS y efectos sobre los demás. No está solo y vive en una casa en la que hay normas y deberes a cumplir si uno quiere derechos.
Aunque para un AD es insoportable que sus padres “curioseen” acerca de sus amigos, sus estudios, comportamiento en clase… es un deber de los padres. Si te preocupa algo serio, no dudes en curiosear. Más de un AD lamenta tarde que sus padres no fueran curiosos……
Y para acabar, aunque no os lo creáis, todos los estudios afirman que según testimonio de los mismos Adolescentes, los PADRES SON LAS PERSONAS QUE MÁS DECISIVAMENTE INFLUYEN EN SUS VIDAS, (POR ENCIMA DE AMIGOS, NOVIOS Y PROFES) y OCUPAN EL LUGAR MÁS ELEVADO DE LA LISTA DE SUS HÉROES.
Por lo tanto, NO SALGAS DE SU VIDA. Los adolescentes no se revelan contra sus padres, sino contra medidas disciplinarias y de autoridad que consideran injustas.
Presentación de este blog
Hola, me llamo Mónica Escalona y soy licenciada en Pedagogía, Logopeda y experta en Dificultades de aprendizaje y TDAH.
Llevo muchos años trabajando en el ámbito de la educación en diferentes áreas: escuelas infantiles, centros de educación especial y en servicios privados de atención a niñ@s y adolescentes. Desde hace años, dirigo y coordino una Gabinete Psicopedagógico en Madrid (Centro ZANA) que atiende a niños y adolescentes con problemas de aprendizaje o en alguna área de su desarrollo,TDAH, fracaso escolar…. realizando tareas de Diagnóstico y Tratamiento, además de Orientación y asesoramiento a familias sobre diversos aspectos relacionados con la educación de sus hijos (cómo actuar en un momento de crisis; aplicación de normas, premios y castigos; padres adoptantes; problemas de conducta; educación afectiva y de la autoestima….).
Lo más importante de todo, es que me encanta mi trabajo y disfruto mucho haciendo lo que os estoy contando, y en esto, me considero una persona con suerte.
Actualmente, escribo artículos mensuales en diferentes webs ( Charhadas, Hola.. ) sobre diversos temas relacionados con la educación y la pedagogía. Esta faceta es muy diferente a la que realizo en mi trabajo diario caracterizado por una relación “directa y estrecha” con las familias y sus hijos.Así que he decidido seguir “disfrutando” de mi trabajo pero desde una nueva perspectiva, una nueva relación terapeuta-paciente, a través de Internet; una relación “tecnológica” y diferente pero no por ello, menos fructífera e interesante.
De forma quincenal o mensual escribiré sobre un tema educativo o pedagógico dirigido a padres, madres, familias, Educadores, maestros o docentes…. con el objetivo de informar, guiar y compartir mi opinión con todos los que estáis “conectados” esperando que sea de vuestro interés. Por supuesto, se admiten sugerencias, comentarios y todo tipo de propuestas que puedan enriquecer este “proceso comunicativo” entre todos los interesados. Saludos y ¡Bienvenidos!.



