Aprender a leer: prevención de la dislexia
Aprender a leer: prevención de la dislexia Voy a continuar con el tema de aprender a leer; cómo se realiza este proceso.
El sistema educativo actual contempla que hacia los 6 años, la mayoría de los niños han logrado este aprendizaje con éxito iniciándose a la etapa de Primaria con probabilidad de tener un adecuado rendimiento académico.
Sin embargo, hay un porcentaje de alumnos en los que este proceso parece “estancado” o por lo menos se realiza de forma lenta y costosa, y por tanto, empiezan a retrasarse respecto a su grupo y a no poder cumplir los objetivos de su curso. Algunos de estos alumnos, simplemente madurarán más tarde y es cuestión de tiempo, pudiendo hablar de un retraso de aprendizaje de la lectoescritura. Pero otros alumnos, avanzan con excesiva lentitud y a los 8 años, aún no han logrado una adecuada eficacia lectora respecto a exactitud (cambian palabras, invierten letras o sílabas, omiten letras…) y velocidad (lectura silábica, con bloqueos y poco fluida).
Este último grupo de alumnos son los llamados “disléxicos” porque presentan un trastorno de la lectoescritura y no han conseguido una eficacia lectora correspondiente a su edad, curso y potencial intelectual. De qué es la dislexia, hablaremos más adelante.
Hoy nos centraremos en qué signos precoces de futura “dislexia” podemos detectar desde el periodo preescolar, alrededor de los cinco a seis años. A esas edades los signos más destacados son: El niño hace algunas inversiones al hablar (habitualmente o en algunas palabras). Por ejemplo el niño dice “lapa” en lugar de “pala”, “saca” en lugar de “casa”, “petola” en lugar de “pelota”. Le cuesta ubicarse en el espacio. Los padres le indican que deje un objeto en un lugar determinado y no lo encuentra o que vaya a buscar algo a una habitación y se pierde por el pasillo. Ordena las cosas al revés, de derecha a izquierda (también puede ser un signo precoz de lateralidad zurda) en el papel al escribir, dibujar figuras, poner su nombre.. o incluso sus juguetes. Tiene problemas importantes de movimiento: es torpe con su cuerpo, tropieza fácilmente, parece que no ve las cosas, se golpea contra los marcos de las puertas, tira los objetos con el codo sin darse cuenta o cuando lanza la mano para coger algún objeto, tira las cosas. A los cuatro años, escribe su nombre al revés, empezando por la derecha y le cuesta corregir esta tendencia.
A los cinco años hace abundantes inversiones al escribir los primeros números o letras, los escribe al revés y le cuesta corregirlo. Chuta un balón con las dos piernas con la misma “eficacia”, utiliza las dos manos para todo, pinta con una mano, escribe con la otra, empieza a dibujar con una mano, cambia el lápiz y sigue con la otra; lo mismo hace al comer, etc. Llega a los cinco o seis años sin definir una dominancia lateral. Cuando dibuja lo hace de abajo a arriba, empieza por el lado derecho del papel y va dibujando hacia el izquierdo. Le cuesta ponerse un pantalón o confunde prendas de vestir muy diferenciadas. A menudo se coloca los zapatos al revés.
A los seis años confunde la derecha y la izquierda. En todos estos casos, hay que actuar pronto, antes de que avancen los cursos y entre de lleno en el aprendizaje de la lectura (6 o 7 años) porque sólo podemos hablar de prevención si actuamos durante la etapa preescolar.
Los educadores y padres que observen este tipo de signos en sus alumnos deben dirigirlos, cuanto antes, a un especialista que les ayude a diagnosticar la causa de estos trastornos y aplicar el tratamiento adecuado. Generalmente el problema puede resolverse aplicando un programa de tratamiento individual causal (habilidades visuales, perceptivas, de discriminación auditiva, desarrollo psicomotor, organización espacial, lateralidad…) que suelen consistir en un conjunto de ejercicios organizados por etapas, que se aplican en el gabinete de reeducación y, en algunos casos, en casa o en la escuela.
Son programas sencillos pero muy eficaces cuando se aplican fielmente y con regularidad. Todos estos signos, detectados y tratados a tiempo, pueden evitar posteriores fracasos en el aprendizaje lectoescritor y, por tanto, la falta de motivación para el aprendizaje y la ansiedad ante lo escolar que aparece en muchos niños que presentan estas dificultades
